Síndromes del siglo XXI: No tengo tiempo

A finales del siglo XIX, tras el estallido de la Revolución Industrial, nació una nueva clase social: El trabajador de cuello blanco.

Desde ese momento, hasta 2024, apenas se ha evolucionado en el tiempo trabajado semanal. Pero tampoco se ha hecho en cómo disfrutamos del ocio.

Mucha gente tiene la sensación de que no llega, que se ahoga; que las horas del día no le dan para todo lo que tiene que hacer.

Pero, ¿nos planteamos de verdad a qué dedicamos el tiempo libre?

Entre una jornada y otra de trabajo, tenemos una media de más de 16 horas disponibles para vivir. Es cierto que parte de esas horas las debemos dedicar a tareas inherentes a nuestra supervivencia y a ciertas responsabilidades, como puede ser dormir, comer a lo largo del día o cuidar de nuestro bienestar personal o del de otras personas (Hijos, personas mayores).

Aún así, muchas personas son capaces de sacar cantidades ingentes de tiempo para «perderlo» jugando a la maquina tragaperras que son las redes sociales y otras herramientas de ocio adictivas, que lo único que pretenden es robarnos la atención y sumergirnos en un espacio atemporal de notificaciones y titulares, de los cuales podríamos prescindir en casi su totalidad para seguir disfrutando de nuestra vida.

Este tiempo, dedicado en gran parte delante de nuestros smartphones, tiene muchas repercusiones tanto en nuestra vida personal como profesional. Esas dosis de falsa felicidad y conexión con lo que está de moda, roba parte de nuestra batería diaria y hace que nuestra capacidad de concentración disminuya, haciendo que cada vez seamos menos capaces de leer un libro durante un rato o ver una película completa, sin hacer parones para revisar si ha pasado algo en el mundo que debamos saber.

Tenemos tiempo y muchas alternativas de ocio para usarlo. El problema está en que la economía de la atención superficial y el capitalismo han sabido apropiarse de él.

Como explica Carl Newport en Céntrate, apoyado en las palabras del escritor Arnold Bennett, “debemos y podemos hacer un uso consciente de nuestro tiempo fuera del trabajo”.

Si somos personas críticas, con ambiciones o al menos con ganas de disfrutar de la única vida que tenemos, deberíamos ser capaces de analizar nuestro comportamiento y trabajar en revertir aquellas actitudes que nos están convirtiendo en zombis conectados a Internet, sin tiempo libre de calidad y sin capacidad de concentración.

El trabajo que tenemos por delante es inmenso, ya que nadie sale de una adicción, si todas las personas de alrededor también la tienen y la normalizan. ¿Debemos prohibir el uso de móviles en las aulas? ¿Necesitamos una regulación mayor del uso de las redes sociales hasta cierta edad como en Australia?

Ya que como adultos no podemos prohibir comportamientos insalubres como son fumar o beber alcohol, al menos podríamos evitar que las nuevas generaciones que van llegando a la vida adulta hayan perdido su capacidad de criticismo y razonamiento, absorbidos por el clicbait o el FOMO.

Estamos en un momento crucial para hacerlo, porque al igual que el medioambiente nos ha dado ya un toque de atención definitivo de que no hay marcha atrás, la incapacidad para detectar bulos y caer en redes de pseudogurús negacionistas debería hacer que salten todas las alarmas.

Recuperemos el control de nuestro tiempo. Es ahora o nunca.